Enric Casamajor, Trencadís 03

Historias del Palacio de Valeriola

El 11 de noviembre de 2023 marca el inicio del Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH), situado en el antiguo Palacio de Valeriola, con más de cuatro siglos de historia. Aunque el palacio estuvo al borde de la tragedia debido al abandono, renace como un hito cultural en Valencia.

Enric Casamayor. A principios del siglo XVII, Jerónimo de Valeriola, perteneciente a una familia noble de origen navarro que llegó a Valencia junto a Jaume I, mandó erigir el palacio de Valeriola. Sin embargo, no pudo disfrutarlo mucho tiempo: el 20 de octubre de 1606 apareció degollado en su gabinete. Comienza una de esas historias que superan con creces cualquier ficción, con sospechas sobre su propio hijo, inocentes ajusticiados, y culpables que, ya en el lecho de muerte, confiesan la autoría cuando ya es demasiado tarde para rectificar algunas condenas.

Después de tan trágico comienzo, el palacio fue pasando entre los sucesivos herederos de los Valeriola, que siempre se preocuparon de que luciera como uno de los principales edificios de la ciudad. Prueba de ello es un famoso grabado de 1762, durante la celebración de las fiestas vicentinas, en el que aparece el palaAcio  completamente engalanado, con sus huéspedes festejando la ocasión desde sus balcones.

Sede de Las Provincias.
En 1893 el palacio pasa a manos de la familia Domenech, propietaria de la Imprenta Domenech, editora del diario Las Provincias. Durante décadas el palacio pasa a ser vivienda particular de la familia en la planta primera, y sede del negocio, tanto la rotativa como la redacción del diario, en la planta baja. Durante la guerra civil, al ser Valencia capital de la República, se editaba en estas dependencias la Gaceta de la República, el BOE de la época. A finales de los 50 el palacio queda desocupado: Las Provincias traslada todas sus instalaciones a la nueva localización en la Alameda, ya que la riada del 57 había causado importantes destrozos en un lugar que ya había quedado obsoleto.

Juan Sebastian Bach
Llegamos entonces a lo que podríamos llamar la época dorada de la historia del palacio: los ochenta. En 1986, Antonio López, artista y empresario de Jumilla, monta junto a otros socios el pub Juan Sebastian Bach, un local de copas que durante su corta vida (hasta 1993), marcó un antes y un después en la noche valenciana. A finales de los setenta, Antonio López fue la cabeza pensante de un local diferente, La Granja, en El Palmar, a pocos kilómetros de Murcia. En una casa de campo rodeada de naturaleza, creó una atmósfera especial, diferente a todo lo visto hasta ese momento: plantas, frutas, obras de arte, imágenes religiosas, candelabros, telas de todo tipo y, por supuesto, música clásica y música sacra sonando permanentemente. Y como nota exótica, dos leones enjaulados.

Antonio López encabezó lo que en la época fue llamada la nueva hostelería. Su éxito fue tal, que incluso protagonizó un reportaje en El País Semanal. Cuando acabó esta aventura, a mitad de los ochenta, colaboró como asesor en el montaje de Ábaco, mítico local que sigue funcionando en Palma de Mallorca, y que en su día fue catalogado por The Times como “el mejor bar del mundo”. Intentó replicar este modelo en Ibiza, pero tuvo dificultades, y las condiciones favorables se le presentaron en Valencia, en un céntrico palacio abandonado desde hacía décadas, a un precio muy ventajoso (apenas 100.000 pta./mes, 600 €).

Entre 1986 y 1993, el Juan Sebastian Bach fue el local de moda en la noche valenciana: misterioso, exclusivo, elegante, sofisticado, estrafalario, sorprendente, imprevisible… caben infinidad de calificativos. A diferencia de su experiencia anterior, el escenario en Valencia no era la naturaleza ni una casa de campo, sino un elegante y decadente palacio del s.XVII en el centro de la ciudad, en el barrio judío (o, mejor dicho, lo poco que quedaba del antiguo barrio judío), y haciendo pared con pared con San Juan del Hospital, la iglesia más antigua del lugar, del siglo XIII. El resto de elementos se mantenían en el “estilo Antonio López”: todo tipo de recipientes conteniendo frutas y flores siempre frescas, plantas de todo tipo, palmeras, candelabros, velas, cirios, telas, cortinas, obras de arte por doquier, sobre todo de estilo clásico y religioso y, por supuesto, el factor animal: gallinas, patos…y los famosos leones en un recinto con las necesarias medidas de seguridad. La idea era crear un espacio único, diferente a los demás, dentro de una atmósfera tranquila y misteriosa (nunca dejaba de sonar música clásica, sacra, ópera, etc.). Uno nunca sabía lo que se podía encontrar: asistir a un espectáculo de sandías estampadas contra el suelo; que una joven rubia y guapa, con mucho descaro y facilidad de palabra, se acercara a tu mesa y te contara historias llenas de imaginación, o que esta misma chica diera de comer  pollitos que “Leonardo” (así se llamaba el león) se zampaba de un bocado (no se imaginaba Antonio que siglos antes, en el circo romano, ya hubo leones en ese mismo lugar). 

Inevitablemente el Juan Sebastian Bach se convirtió en el lugar de moda, al que todo el mundo que quería ser visto debía ir. Fue frecuentado por los modernos del momento, diseñadores, músicos, políticos….quizá esta fue una de las causas que, involuntariamente, jugaron en su contra para precipitar su final: cuando a principios de los noventa cambió el color político en la ciudad, según cuenta el propio Antonio López en una entrevista publicada por El País el 24-8-2000, las presiones no pararon hasta conseguir el cierre definitivo, señalando como culpables al Opus Dei (era vecino de la iglesia de San Juan del Hospital), “Cotino y el concejal Domínguez”. Antonio siguió viviendo en el palacio, y llegó a resultar un vecino tan molesto, que provocó que la procesión de San Vicente, que tradicionalmente pasaba por la calle del Mar y, por lo tanto, por delante de su casa, fuera desviada por la calle de la Paz, para evitar que la gente viera las pancartas y carteles de protesta contra las autoridades que colgaban en su fachada y sus balcones. El Juan Sebastian Bach cerró, pero su historia es recordada por todos los valencianos de cierta edad que siempre tienen alguna historia que contar, seguramente muchas de ellas más en el terreno de la leyenda que de la realidad. No hay que olvidar que estaba al alcance de muy pocos: un agua valía 1000 pta (6 €). A principios de los 2000 hubo un último intento de que el palacio volviera a funcionar como local de copas, con el “Palacio de las Ánimas”, pero fue una aventura muy breve por problemas de licencias y permisos de actividad.

Posteriormente, hubo una propuesta para instalar un hotel de lujo, pero la crisis se echó encima y no fructificó, y el palacio quedó completamente desocupado y con serio riesgo de ruina total, dados los escasos recursos que se dedicaban a su mantenimiento. Afortunadamente, en 2016, Hortensia Herrero adquiere el palacio, que era propiedad de los herederos del General Armada, uno de los cabecillas del golpe de estado del 23-F, y decide asumir su completa restauración y rehabilitación, a través de la fundación que lleva su nombre y con proyecto del estudio ERRE arquitectura, para que sea sede del Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH), que desde el 11 de noviembre de 2023, pasa a ser un nuevo foco de atención en el panorama cultural y, especialmente, en el arte contemporáneo de Valencia.

Como valencianos y amantes de la historia, el arte y la cultura, debemos sentirnos afortunados y agradecidos de que personas como Hortensia Herrero tengan la gran idea de aportar sus recursos a estos proyectos de mecenazgo, que son un final feliz a esta historia tan complicada y el principio de un futuro muy ilusionante. Larga vida para el CAHH.